¿Quién no tuvo un amor de verano? ¿Quién no ha contado las horas obsesionado en las últimas que le quedaban, para agarrar fuerte de la mano y a la vez parar la vida, el tiempo? ¿Quién no ha mirado a los ojos al otro, reflejándose en ellos y sintiéndose la única persona en el mundo? ¿Quién no ha querido ser siempre pequeño? ¿A quién no le ha venido todo grande?
Fuimos aquellos que convertimos el verano en infinito, que contamos estrellas con el pelo despeinado, que lloramos echando el candado de nuestras maletas de vuelta y que soñamos con dejar nuestras rutinas en las ciudades para bañarnos en sal a diario, echar el ancla y agarrar de la mano fuerte a ese amor que, como vino se fue.
Ahora nos quedan los recuerdos que más de una sonrisa nos van a sacar durante el curso que se avecina y nos llevamos también a esa persona, a la que aunque no vayamos a volver a ver, siempre vamos a tener como el alma gemela que algún día fue. Y aunque sea más largo el olvido que el amor en sí, ¡que vivan los amores de verano, y la gente que siente sin miedo a lo desconocido!
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